El mundo sin libros en Radio Clásica

La hora azul, "Mi querida España" (23 de noviembre de 2018)

Escuchar el programa:
http://mvod.lvlt.rtve.es/resources/TE_SHORAZU/mp3/4/3/1542987197534.mp3

 

El mundo sin libros. Ensayos de cultura popular

El mundo sin libros. Ensayos de cultura popular

Pamplona, Editorial Lamiñarra, 2018

http://laminarra.blogspot.com.es/

Pedidos a laminarra@gmail.com

El mundo sin libros aborda temas de patrimonio inmaterial (pci), tradición oral, memoria cultural, etnografía, folklore y cultura popular, desde la consciencia de que los mismos son territorios colindantes y muchas veces conjuntos en intersección. Anima a todos los ensayos la idea primordial de que la tradición es, en una parte, pasado, a la vez que contiene muchas de las claves que explican el presente y recursos de sobra a disposición del futuro. Se entiende, pues, la memoria no como reliquia, sino como ejercicio de reflexión y método de construcción. Asimismo, el ideario que articula los ensayos tiene en cuenta la imbricación secular entre cultura popular y cultura hegemónica y no desdeña los nuevos modos y cauces de difusión por los  que la cultura popular se ha vehiculado en las últimas décadas (medios masivos de comunicación y redes sociales).

Los 104 ensayos de El mundo sin libros se distribuyen en cuatro secciones: El anillo en el agua (tradiciones, prácticas sociales y rituales del mundo hispánico); Días geniales (repertorio tradicional infantil); Mi querida España (literatura, música y mitos de la España reciente); y La vida de los otros (cultura popular y mass media).

Un mundo sin libros o cómo sobrevivir a la desmemoria,

por Alicia Domínguez:

http://caocultura.com/mundo-sin-libros-sobrevivir-la-desmemoria/

 

El mundo sin libros recoge ensayos publicados en el periódico digital CaoCultura entre 2015 y 2017 (sección "Recupera"). Este es el artículo que abre el libro y le da título. Más información en http://caocultura.com/

Sobre la invención de la imprenta todos tenemos la certeza de que democratizó la cultura. En efecto, la imprenta vino a poner en manos de muchos lo que –en manuscritos– solo había estado en manos de la Iglesia, de manera que se abrió un revolucionario proceso de laicización social por el cual fray Luis de León fue a la cárcel y también por el cual nos llegaron los versos de Petrarca y los cuentos de Boccaccio. Sin embargo, no deberíamos olvidar que la imprenta también escindió inevitablemente la sociedad entre quienes sabían y podían leer y quienes ni sabían ni podían tener acceso al libro. La consecuencia de esa discriminación fue, además, que la cultura libresca empezó a escribirse con mayúsculas, dejando las minúsculas y los prefijos de sub- o infra- para la cultura oral, condenada desde entonces por las élites y sujeta al arbitrio de humanistas, románticos y poetas sociales, quienes ocasionalmente vinieron a reivindicarla. 
 
La aparición del libro, pues, inició el olvido de la literatura oral, marcó una nueva transición del mito al logos y fue imponiendo la lectura como el único hábito humano por el que acceder a la libertad. Cierto es que el libro se ha nutrido muchas veces de la cultura oral, y desde Berceo a García Lorca –pasando por Lope de Vega o Góngora– no han sido pocos los autores que han expresado su débito hacia los conocimientos o la poesía que cruzaron los siglos con el solo soporte de la voz y la memoria. El camino inverso no se ha producido. La literatura oral, transmitida por las clases no hegemónicas, no ha recibido materia prima alguna de la literatura escrita, hasta el punto de que esta ha ido arrinconando a la primera, como una hermanastra envidiosa.
 
A estas alturas del futuro, la sociedad occidental ha exterminado la posibilidad de ser libre por la palabra dicha y, sujeta a la palabra escrita, la mira como el único camino hacia la verdad. Hace unos años Ana Pelegrín publicaba La flor de la maravilla, un libro plagado de memoria oral en el que, entre otras muchas cosas, recogía la primera versión conocida del poemita popular El mundo al revés, aquel que cantábamos cuando niños contando que las liebres nadaban y los peces volaban. La voz y la memoria sostuvieron la canción desde por lo menos el siglo XVI hasta hace muy poco, haciendo posible lo imposible y permitiendo que la fantasía, la magia y el disparate –tan necesarios para el alma humana– pudieran existir sin depender de libros ni de efectos especiales.
 
Nos acercamos ahora (¿peligrosamente?) a la distopía futurista planteada por Ray Bradbury en 1953, en su novela Farenheit 451, aquella en el que el cuerpo de bomberos tiene como misión quemar libros, considerados peligrosos para quienes aspiran a una sociedad de iguales, ya que el libro nos hace diferentes. La alarma que vivimos quizá sea similar a la que deberíamos haber vivido ante la extinción de la cultura oral, pues nada hay más diferenciador y singularmente humano que la memoria recreada. Si ya no hay vuelta atrás, mi propuesta es usar el libro para conocer lo que nunca estuvo en los libros, quizá para recuperarlo.